25. Tatuaje

La piel desnuda de Ana María se tostaba al sol del Caribe incapaz de dejar a nadie indiferente, siendo las mujeres quienes la miraban con mayor rechazo.

Ana María no se ajustaba a la moral de aquellas miradas femeninas y lucía sus hermosos senos sin ningún recato.

Su única preocupación era que el pecho del varón que la había mandado a tatuar luciera un bonito moreno.


(Publicado en Las historias de Tobías Clark y otros personajes. #5)

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24. Agradable rutina

Me encanta acariciar su cuerpo, envuelto en perfume de fruta artificial, cuando todavía le escurre el agua tibia de la ducha.

La seco con mimo y luego, desde la cama, observo cómo su desnudez desaparece bajo conjuntadas capas de algodón de marca.

Lista para salir a trabajar, me devuelve al colgador hasta el día siguiente.


(Publicado en Las historias de Tobías Clark y otros personajes. #5)

23. Los buenos modales

Tenía tan educadas maneras que nadie recordaba de él ni una sola salida de tono en sus ochenta y tantos años.

Cuando sonó el timbre de la puerta, a pesar de sus dolencias, se apresuró a abrir para no hacer esperar a quien había decidido visitarlo sin haber sido invitado.

– Pase, por favor, que hay corriente en el rellano y podría enfriarse –observó cortésmente–. Le ruego que me permita que me ausente un minuto, no he tenido tiempo de adecentarme.

– No tengo prisa, he venido con tiempo –le replicó la muerte.


(Publicado en Las historias de Tobías Clark y otros personajes. #5)

22. Cuestión de tiempo

Nunca pensó que acabaría en un sitio tan oscuro y frío, ni que pudiera permanecer encerrada tanto tiempo sin ver la luz del día más que por el pequeño ventanuco alargado que había en el techo.

No imaginó, tampoco, al descubrir cuál iba a ser su destino inmediato, que su llegada levantara tanta expectación.

Sus nuevas compañeras, algunas encerradas allí desde hacía bastante tiempo, la atosigaron a preguntas sin respetarse la palabra, teniendo que elevar el tono de sus voces según la interrogaban.

Abrumada, respondía, lo más aprisa que podía, de dónde venía, cuánto había viajado, si conocía tal o cual restaurante y un sin fin de preguntas más. Cuando sintió que ya había satisfecho la curiosidad de las demás, ella misma se atrevió a preguntar. Así pasaron unos días, matando el tiempo compartiendo anécdotas la una con las otras.

Pasada la calurosa bienvenida, el silencio se apoderó de la rutina, les era más cómodo callar que contar unas historias por todas ya sabidas. Poco a poco fueron perdiendo el ánimo. A fin de cuentas, se encontraban recluidas en una hucha rosa con forma de cerdito.

Cuando el martillo golpeó con fiereza la alcancía, esta se hizo añicos, quedando las monedas libres de su cautiverio.

Tras un rato siendo agrupadas en pequeños montoncitos, la emoción se liberó.

– ¡Papá, papá, ya me puedo comprar la bici! -gritó con entusiasmo Toby Clark.


(Publicado en Las historias de Tobías Clark y otros personajes. #5)

21. La señal

Tenía el alma tan anoréxica que no le entraba ya ni un poco de consuelo.

A costa de no dormir, había acumulado un arsenal de somníferos que, sobre la cama, se tomó a trompicones. Los últimos, mezclados con sus propias lágrimas.

– ¿Cuántas veces te pedí una señal? –dijo clavando la vista en el techo.

Sin tiempo a terminar de formular su lamento, oyó el timbre de la puerta. ¿Casualidad? Los segundos se escapaban mientras se debatía sobre cuál era la respuesta correcta. Una segunda llamada la convenció y, empezando a sentirse aturdida, acudió a la entrada de la casa.

–¿Me estás vacilando? –comentó tras abrir la puerta.

Su cuerpo no aguantó el efecto de la droga y se desplomó ante la mirada atónita del Cobrador del Frac que pretendía reclamar una deuda.


(Publicado en Las historias de Tobías Clark y otros personajes. #5)

20. El regalo del sultán

Tras un largo viaje, Nani descendía del Boeing privado que la había llevado a Nueva York. La tercera mujer del sultán aprovechó el trayecto hasta el hotel para ultimar los preparativos de su inminente cumpleaños. Lo único que no tenía bajo control era el regalo sorpresa que su marido le había prometido.

Le acompañaba su ministro de finanzas, de quien se rumoreaba que la amaba en la clandestinidad. Éste se bajó sonriente de la limusina y se apresuró a abrirle la puerta en un gesto cortés. Le tendió la mano para ayudarla a salir y se desplomó muerto a sus pies.

El francotirador ya podía cobrar el encargo del celoso sultán.


(Publicado en Las historias de Tobías Clark y otros personajes. #4)

19. El crítico

Escondido tras una columna dominical, esperó a su víctima. Saltó sobre su obra y, con el filo de su pluma le cortó la reputación. Sin mostrar ni un ápice de misericordia, lo abandonó a su público.

Lo encontraron muerto en su taller, sin una gota de arte en sus venas.


(Publicado en Las historias de Tobías Clark y otros personajes. #4)